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La IA: horizontes de la educación en México
Por: Efraín Quiñonez León
Sofía Quiñonez Del Castillo
30/10/26
Tiro Libre
Estas líneas forman parte de nuestra intervención en el XXXI Foro Anual de la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana celebrado el 28 de octubre de este año.
Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta revolucionó las formas de reproducción de textos escritos y, por lo tanto, la difusión de conocimientos. Estamos hablando de un periodo histórico que nos remonta al siglo XV y el desarrollo de la capacidad de inventiva del género humano. Como la reproducción de los textos se hacía a base de copistas que tardaban hasta cerca de 10 años en reproducir una obra, el invento de Gutenberg simplificaba los tiempos e incrementaba la reproducción de los libros. Desde luego, la primera obra que fue reproducida mecánicamente fue la biblia; pero a través de la imprenta se difundieron ideas, como las que dieron inicio a la reforma protestante que denunciaban las perversidades de Roma.
Poco más de 600 años después, nos encontramos con una aceleración del desarrollo tecnológico con la llegada de la inteligencia artificial, según la cual se simplifican muchas actividades por-que el recurso más valioso es la información y esa está disponible (pero concentrada en un puñado de empresas que la controlan) en las distintas plataformas de consulta. Es verdad que la pandemia aceleró este proceso y los recursos tecnológicos de los que ahora disponemos como humanidad han llegado para quedarse e incluso para evolucionar todavía más. Pero en el fu-turo inmediato se ciernes desafíos importantes.
Con la IA, el debate público suele condensarse en interpretaciones binarias entre quienes au-guran que estamos muy cerca del apocalipsis, frente a otras que estamos llegando al clímax de la fantasía de un mundo ideal en la que todas nuestras penurias se acabarán. Mucho tememos que ambas posturas solamente tienen el mérito de llamar la atención sobre la importancia que esta herramienta tiene en nuestras vidas y sus innegables riesgos, como beneficios. Es verdad que su uso está provocando problemas entre los niños y la población más joven que, incluso, se proponen medidas para regular su uso; como ocurrió a partir del ataque perpetrado por dos jóvenes a una escuela preparatoria pública en Torreón. Por cierto, no es el único caso, desafor-tunadamente. En efecto, en 2020 un niño de 11 años de edad, que estudiaba en un colegio pri-vado en la misma localidad abrió fuego contra su maestra poco después de pedir permiso para ir al baño. Estos hechos fueron magistralmente relatados en la obra del periodista, Javier Garza, titulada Nueve disparos.
Hace no mucho, uno de los grandes oligarcas de las empresas tecnológicas (ojo, nunca hay que olvidar que se trata de empresas que controlan las apps de uso cotidiano), mientras respondía a preguntas de algunos periodistas, quienes inquirían si dejaba a sus hijos usar las herramientas tecnológicas que su empresa había diseñado, su respuesta fue más que reveladora: no, es nece-sario que los padres limiten el tiempo que su hijos están frente a la pantalla del ordenador o el celular, debido a que ello implica sustraer tiempo de convivencia entre la familia o para hacer otras cosas. A principios de los años 80 del siglo pasado, un gringo promedio podía pasar hasta 8 horas viendo la televisión. Nuestro promedio nacional se situaba entre las 2 y 3 horas diarias; al menos la pobreza tiene beneficios insospechados.
Hoy en día, el disponer de un dispositivo de comunicación asombroso como el celular nos hace creer en la irrealidad de que estamos comunicados, de que participamos e incluso que preten-demos algún tipo de heroicidad al transmitir en vivo y en directo desgracias humanas. Con la vanidad que nos produce el ser vistos transfiguramos nuestro hedonismo en la más abyecta insensibilidad en situaciones en que se necesita de nosotros auxilio o consuelo. Nuestros deseos de exhibir se vuelve contra nosotros en la más grotesca e infame manera de proceder en la tragedia.
Pero los usos de la IA nos coloca frente a otras sorpresas que parecen menos extremas, pero que igualmente resultan escandalosas. Apenas en el mes de septiembre, la editorial Almadía otorgó su premio anual al escritor peruano, David Silva Rojas, con la novela titulada “Donde el agua trabaja”, con una decisión unánime del jurado integrado para el premio, integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda. Sin embargo, existen acusaciones de que el trabajo de Silva Rojas está hecho con el 99% de inteligencia artificial. Y la manera en que esto ocurre resulta más que reveladora. Resulta que la empresa de medios más poderosa en lengua castellana decidió cotejar la autenticidad de la novela a través una aplicación de IA. Como con-secuencia inmediata de la situación, la editorial ha decidido suspender todas las presentaciones que tenía en marcha para dar a conocer la novela premiada y realizar sus propias investigacio-nes sobre el caso. ¿Cómo puede una empresa de medios solamente confiar en el “veredicto” de una app y no en las capacidades de un jurado que tiene en juego mucho que perder en términos reputacionales? ¿Es que la empresa de medios otorga más probidad a la IA que a los humanos; en este caso, a las reconocidas escritoras que otorgaron el premio? ¿No pudieron aceptar como principio precautorio lo que las propias aplicaciones de IA llevan ahora como un sello: “esta app puede cometer errores. Por lo tanto, es indispensable verificar los datos”? ¿Era imposible consultar a los involucrados y allegarse de más elementos de juicio o era más rentable contri-buir al escándalo? Aunque el daño está hecho, El País debe ofrecer una explicación de sus pro-cedimientos para aceptar que las sospechas son genuinas o falsas; en este último caso, desde luego, corresponde mínimamente unas disculpas.
En el mes de mayo de este año, Letras Libres publicó un ensayo por lo demás oportuno y bru-talmente esclarecedor de lo que sucede en el mundo académico, a propósito de la elaboración de textos que, en teoría, se basan en una suerte de ética de la propiedad intelectual y en proce-dimientos rigurosos a fin de garantizar la autenticidad de las aportaciones -en este caso- cien-tíficas. El caso es que los académicos tienen el imperativo de estar produciendo ensayos que nadie lee, aunque eso no es lo más dañino; sino que la brutal competencia por escalar en los incentivos del sistema escolar implica la confección de textos cada 5 minutos o en condiciones de instantaneidad que es imposible hacerlo a cualquier humano; salvo que la maravillosa IA venga en nuestro auxilio. El episodio relatado ahí tuvo consecuencias, pues el académico en cuestión le fue revocado el contrato de trabajo y apartado de la universidad española en que prestaba sus servicios. Mientras que el académico sostenía, que su separación de la institución incidiría negativamente en los puntajes de los famosos ranking´s internacionales con que sue-len valorarse las universidades.
Este, por cierto, no es un caso extraordinario. Voluntaria o involutariamente, siempre han exis-tido ejemplos en que se hace un uso indebido de las ideas de otros. La IA potencia nuestras posibilidades de usar datos y hasta textos completos con propósitos muy diversos. De acuerdo con los resultados de la prueba PISA 2025, 47% de los estudiantes mexicanos de 15 años usa chatbots de IA para aprender al menos una vez por semana. La IA no es solamente una “caja de herramientas” a la cual podemos echar mano cada vez que la necesitemos. El tema no es usarla o no, lo verdaderamente profundo y trascendental es para qué la usamos, con qué pro-pósitos. De hecho, la IA es el resultado de un robo de origen, pues se trata de datos que han sido obtenidos por todo lo que circula en la red y, también, por la compra de fuentes de infor-mación.
A lo que esto nos conduce no es a oponernos, sino a prepararnos para hacer un uso crítico de esta fantástica herramienta que, hasta ahora, no ha podido sustituir la inteligencia humana. Pero, también, es muy importante no perder de vista los riesgos que todo esto conlleva. La IA tiene nuestros datos personales; la primera vez que me percaté de ello fue cuando por un mal funcionamiento entre mi celular y el GPS de mi auto, me asombró que el dispositivo del coche poseía mis datos biométricos. ¿Cómo los obtuvo? Lo desconozco, pero pudo haberlos extraído de mi celular seguramente.
Cambridge Analytica, es un caso paradigmático de lo que se pude hacer con los algoritmos con los que se hacen funcionar estos sistemas. Este ha sido el mayor escándalo que permitió mani-pular las elecciones en 2016, cuando compitieron por la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump. Dos años después de estas reñidas elecciones se supo que la empresa había usado millones de cuentas de Facebook para manipular a los electores.
Chatgpt, fue liberada en 2022. De ese momento a la actualidad, el desarrollo de estas tecnolo-gías ha sido impresionante y la competencia feroz entre los grandes corporativos que la con-trolan. Pero esta ha resultado una super herramienta que tenemos que aprender a usar y sacar el mejor provecho de ella, procediendo de acuerdo a los protocolos que implica el reconoci-miento a las ideas de otros.
En materia educativa respecto a las nuevas tecnologías estamos en pañales, pero los usos de la IA no están esperando nuestras de por sí tardías reacciones. El futuro es prometedor siempre y cuando hagamos un uso crítico de la información que obtenemos; de no reemplazar los juicios humanos por los de la máquina o las apps, otorgándoles a estas mayor probidad y certeza. Al mismo tiempo, resulta imprescindible establecer la didáctica del trabajo colaborativo en el aula donde una comunidad de conocimiento es coordinada por un docente capaz de enseñar el es-fuerzo que significa el aprendizaje y la eticidad que todo ello implica. |